PREHISTORIA
EDAD ANTIGUA
EDAD MEDIA
EDAD MODERNA
EDAD CONTEMPORÁNEA
El paso del tiempo ha ido alejando de tal modo esta época de la presente que suele añadirse una cuarta edad, la Edad Contemporánea, que aunque no sólo no se aparte, sino que intensifica extraordinariamente la tendencia a la modernización, lo hace con características sensiblemente diferentes, fundamentalmente porque significa el momento de triunfo y desarrollo espectacular de las fuerzas económicas y sociales que durante la Edad Moderna se iban gestando lentamente: el capitalismo y la burguesía; y las entidades políticas que lo hacen de forma paralela: la nación y el Estado.
Un siglo XVI que, tras la costosa recuperación de la Crisis de la Baja Edad Media, en economía presencia la Revolución de los Precios, coincidente con la Era de los Descubrimientos que permite una expansión europea ligada a ventajas tecnológicas y de organización social. Pocos hechos cambiaron tanto la historia del mundo como la llegada de los españoles a América y la posterior Conquista y la apertura de las rutas oceánicas que castellanos y portugueses lograron en los años en torno a 1500. El choque cultural supuso el colapso de las civilizaciones precolombinas. Paulatinamente, el Atlántico gana protagonismo frente al Mediterráneo, cuya cuenca presencia un reajuste de civilizaciones: si en la Edad Media se dividió entre un norte cristiano y un sur islámico (con una frontera que cruzaba Al Andalus, Sicilia y Tierra Santa), desde finales del siglo XV el eje se invierte, quedando el Mediterráneo Occidental, (incluyendo las ciudades costeras clave de África del Norte) hegemonizado por la Monarquía Hispánica (que desde 1580 incluía a Portugal), mientras que en Europa oriental el Imperio otomano alcanza su máxima expansión. Las milenarias civilizaciones orientales (India, China y Japón), reciben en algunas ciudades costeras una presencia puntual portuguesa, (Goa,Ceilán, Malaca, Macao, Nagasaki misiones de San Francisco Javier), pero tras los primeros contactos se mantuvieron poco conectados o incluso ignoraron olímpicamente los cambios de Occidente; por el momento se lo podían permitir. Las islas de las especias (Indonesia) y Filipinas serán objeto de una dominación colonial europea más intensiva. Frente a la continuidad oriental, los cambios sociales se concentran en los vértices del llamado comercio triangular: notables en Europa (donde comienzan a divergir un noroeste burgués y un este y sur en proceso de refeudalización), y cataclísmicos en América (colonización) y África (esclavismo). El crecimiento de población en Europa probablemente no compensó el descenso en esos continentes, sobre todo en América, en que alcanzó proporciones catastróficas y ha sido considerado como el mayor desastre demográfico de la Historia Universal (varios investigadores han estimado que más del 90% de la población americana murió en el primer siglo posterior a la llegada de los europeos, representando entre 40 y 112 millones de personas). Las convulsiones políticas y militares son asimismo espectaculares. En la mítica Tombuctú, el Askia Mohamed I (1493-1528) produce el apogeo del Imperio Songhay, que entra en la órbita del Islam y decaerá en el periodo siguiente. Simultáneamente, el Renacimiento da paso a los enfrentamientos de la Reforma y las guerras de religión. La expansión ideológica de Europa se manifiesta en la difusión del cristianismo por todo el mundo, excepto en los Balcanes, donde retrocede frente al Islam, con el que también entra en contacto en Extremo Oriente, tras dar la vuelta al globo.
En otras continuó habiendo hasta bien entrado el XIX, como España (hambruna de 1812, cuando se recurrió al consumo masivo de la tóxica almorta, que por las mismas fechas también fue detectado por los ingleses en la India) o Irlanda (monocultivo de la patata que llevará al hambruna irlandesa de 1845 y a la emigración masiva). El equilibrio europeo iniciado en el Tratado de Westfalia (1648) se recompone en el de Utrecht (1714) y se mantiene no sin conflictos (varios de ellos llamados Guerra de Sucesión), con hegemonía continental para Francia (vinculada a España por los Pactos de Familia de la dinastía Borbón) y hegemonía marítima para Inglaterra, certificada más tarde en [Trafalgar (1805). Las exploraciones de James Cook y la ocupación de Oceanía cierran la era los descubrimientos geográficos (a la espera de las expediciones polares). La integración mundial avanza y surgen las primeras guerras mundiales en el sentido de que los imperios coloniales europeos se reparten territorios distantes (India, Canadá) al tiempo que se dirimen otros repartos en Europa (como el de Polonia). Las posesiones europeas llegan a su máxima expansión en América en vísperas de la Independencia de Estados Unidos (1776) y de la Emancipación Hispanoamericana (1808-1824), anticipada por la Revolución de los Comuneros en 1737 y la rebelión de Túpac Amaru en 1780. Para recoger el testigo de la sumisión colonial, África y Extremo Oriente habrán de esperar al siglo XIX, pero en el Asia Central se asiste a una carrera por la ocupación de un espacio geoestratégicamente vacío entre Rusia y China. Simultáneamente, en el Pacífico norteamericano la emprenden Rusia, Inglaterra y España, mientras la colonización de Australia es iniciada por Inglaterra sin apenas oposición.
La Edad Media, Medievo o Medioevo
es el período histórico de la civilización occidental comprendido entre el siglo V y el XV. Su
comienzo se sitúa convencionalmente en el año 476 con la caída del Imperio
romano de Occidente y su fin en 1492 con el descubrimiento de América, o en
1453 con la caída del Imperio bizantino, fecha que tiene la ventaja de
coincidir con la invención de la imprenta (Biblia de Gutenberg) y con el fin de
la Guerra de los Cien Años.
Aunque hay algunos ejemplos de
utilización previa, el concepto de Edad Media nació como la segunda edad de la
división tradicional del tiempo histórico debida a Cristóbal Cellarius
(Historia Medii Aevi a temporibus Constantini Magni ad Constaninopolim a Turcis
captam deducta (Jena, 1688), quien la consideraba un tiempo intermedio, sin
apenas valor por sí mismo, entre la Edad Antigua identificada con el arte y la
cultura de la civilización grecorromana de la Antigüedad clásica y la
renovación cultural de la Edad Moderna -en la que él se sitúa- que comienza con
el Renacimiento y el Humanismo. La popularización de este esquema ha perpetuado
un preconcepto erróneo: el de considerar a la Edad Media como una época oscura,
sumida en el retroceso intelectual y cultural, y un aletargamiento social y
económico secular (que a su vez se asocia con el feudalismo en sus rasgos más
oscurantistas, tal como se definió por los revolucionarios que combatieron el
Antiguo Régimen). Sería un periodo dominado por el aislamiento, la ignorancia,
la teocracia, la superstición y el miedo milenarista alimentado por la
inseguridad endémica, la violencia y la brutalidad de guerras e invasiones
constantes y epidemias apocalípticas.
De hecho, todos los conceptos
asociados a lo que se ha venido en llamar
modernidad aparecen en la Edad Media, en sus aspectos intelectuales con
la misma crisis de la escolástica. Ninguno de ellos sería entendible sin el
propio feudalismo, se entienda éste como modo de producción (basado en las
relaciones sociales de producción en torno a la tierra del feudo) o como
sistema político (basado en las relaciones personales de poder en torno a la
institución del vasallaje), según las distintas interpretaciones
historiográficas.
Medievalismo es tanto la cualidad
o carácter de medieval, como el interés por la época y los temas medievales y
su estudio; y medievalista el especialista en estas materias. El descrédito de
la Edad Media fue una constante durante la Edad Moderna, en la que Humanismo, Renacimiento, Racionalismo, Clasicismo e
Ilustración se afirman como reacciones contra ella, o más bien contra lo que
entienden que significaba, o contra los rasgos de su propio presente que
intentan descalificar como pervivencias medievales. No obstante desde fines del
siglo XVI se producen interesantes recopilaciones de fuentes documentales
medievales que buscan un método crítico para la ciencia histórica. El
Romanticismo y el Nacionalismo del siglo XIX revalorizaron la Edad Media como
parte de su programa estético y como reacción anti-académica (poesía y drama
románticos, novela histórica, nacionalismo musical, ópera), además de como
única posibilidad de encontrar base histórica a las emergentes naciones
(pintura de historia, arquitectura historicista, sobre todo el neogótico -labor
restauradora y recreadora de Eugène Viollet-le-Duc- y el neomudéjar). Los
abusos románticos de la ambientación medieval (exotismo), produjeron ya a
mediados del siglo XIX la reacción del realismo. Otro tipo de abusos son los
que dan lugar a una abundante literatura pseudohistórica que llega hasta el
presente, y que ha encontrado la fórmula del éxito mediático entremezclando
temas esotéricos sacados de partes más o menos oscuras de la Edad Media
(Archivo Secreto Vaticano, templarios,rosacruces, masones y el mismísimo Santo
Grial). Algunos de ellos se vincularon al nazismo, como el alemán Otto Rahn.
Por otro lado, hay abundancia de otros tipos de producciones artísticas de
ficción de diversa calidad y orientación inspiradas en la Edad Media
(literatura, cine, cómic). También se han desarrollado en el siglo XX otros
movimientos medievalistas: un medievalismo historiográfico serio, centrado en
la renovación metodológica (fundamentalmente por la incorporación de la
perspectiva económica y social aportada por el materialismo histórico y la
Escuela de los Annales) y un medievalismo popular (espectáculos medievales, más
o menos genuinos, como actualización del pasado en el que la comunidad se
identifica, lo que se ha venido en llamar memoria histórica).
Los acontecimientos de esta época se han visto marcados por
transformaciones aceleradas en la economía, la sociedad y la tecnología que han
merecido el nombre de Revolución industrial, al tiempo que se destruía la
sociedad preindustrial y se construía una sociedad de clases presidida por una burguesía que contempló el
declive de sus antagonistas tradicionales (los privilegiados) y el nacimiento y
desarrollo de uno nuevo (el movimiento obrero), en nombre del cual se
plantearon distintas alternativas al capitalismo. Más espectaculares fueron
incluso las transformaciones políticas e ideológicas (Revolución liberal,
nacionalismo, totalitarismos); así como las mutaciones del mapa político
mundial y las mayores guerras conocidas por la humanidad.
En cada uno de los planos principales del devenir histórico
(económico, social y político), puede cuestionarse si la Edad Contemporánea es
una superación de las fuerzas rectoras de la modernidad o más bien significa el
periodo en que triunfan y alcanzan todo su potencial de desarrollo las fuerzas
económicas y sociales que durante la Edad Moderna se iban gestando lentamente:
el capitalismo y la burguesía; y las entidades políticas que lo hacían de forma
paralela: la nación y el Estado.
En cuanto a los estados nacionales, tras la primavera de los
pueblos (denominación que se dio a la revolución de 1848) y el periodo
presidido por la unificación alemana e italiana (1848-1871), pasaron a ser el
actor predominante en las relaciones internacionales, en un proceso que se
generalizó con la caída de los grandes imperios multinacionales (español desde
1808 hasta 1898; ruso, austrohúngaro y turco en 1918, tras su hundimiento en la
Primera Guerra Mundial) y la de los imperios coloniales (británico, francés,
holandés, belga tras la Segunda). Si bien numerosas naciones accedieron a la
independencia durante los siglos XIX y XX, no siempre resultaron viables, y
muchos se sumieron en terribles conflictos civiles, religiosos o tribales, a
veces provocados por la arbitraria fijación de las fronteras, que reprodujeron
las de los anteriores imperios coloniales. En cualquier caso, los estados
nacionales, después de la Segunda Guerra Mundial, devinieron en actores cada
vez menos relevantes en el mapa político, sustituidos por la política de
bloques encabezados por los Estados Unidos y la Unión Soviética. La integración
supranacional de Europa (Unión Europea) no se ha reproducido con éxito en otras
zonas del mundo, mientras que las organizaciones internacionales, especialmente
la ONU, dependen para su funcionamiento de la poco constante voluntad de sus
componentes.
La desaparición del bloque comunista ha dado paso al mundo
actual del siglo XXI, en que las fuerzas rectoras tradicionales presencian el
doble desafío que suponen tanto la tendencia a la globalización como el
surgimiento o resurgimiento de todo tipo de identidades, personales o
individuales, colectivas o grupales, muchas veces competitivas entre sí
(religiosas, sexuales, de edad, nacionales, estéticas, culturales,
deportivas, o generadas por una actitud -pacifismo, ecologismo,
altermundialismo- o por cualquier tipo de condición, incluso las problemáticas
-minusvalías, disfunciones, pautas de consumo-). Particularmente, el consumo
define de una forma tan importante la imagen que de sí mismos se hacen
individuos y grupos que el término sociedad de consumo ha pasado a ser sinónimo
de sociedad contemporánea.
Sea cual fuere el criterio empleado, coincide que en tiempo y
lugar unos y otros procesos cristalizaron en el inicio de la vida urbana
(ciudades muy superiores en tamaño y diferentes en función a las aldeas
neolíticas), la aparición del poder político (palacios, reyes), de las
religiones organizadas (templos, sacerdotes), una compleja estratificación
social, esfuerzos colectivos de gran envergadura que exigen prestaciones de
trabajo obligatorio e impuestos, y el comercio de larga distancia (todo lo que
se ha venido en llamar «revolución urbana»); nivel de desarrollo social que por
primera vez se alcanzó en la Sumeria del IV milenio a. C., espacio propicio
para la constitución de las primeras ciudades-estado competitivas a partir del
sustrato neolítico que llevaba ya cuatro milenios desarrollándose en el
«Creciente fértil». A partir de ellas, y de sucesivos contactos (tanto
pacíficos como invasiones) de pueblos vecinos (culturas sedentario-agrícolas o nómada-ganaderas
que se nombran tradicionalmente con términos de validez cuestionada, más
propios de familias lingüísticas que de razas humanas: semitas, camitas, indoeuropeos, etc.), se
fueron conformando los primeros estados de gran extensión territorial, hasta
alcanzar el tamaño de imperios multinacionales.
Procesos similares tuvieron lugar en diversos momentos según
el área geográfica (sucesivamente Mesopotamia, el valle del Nilo, el
subcontinente indio, China, la cuenca del Mediterráneo, la América precolombina
y el resto de Europa, Asia y África); en algunas zonas especialmente aisladas,
algunos pueblos cazadores-recolectores actuales aún no habrían abandonado la
prehistoria mientras que otros entraron violentamente en la edad moderna o
contemporánea de la mano de las colonizaciones del siglo XVI al XIX.
Es importante señalar que según las nuevas interpretaciones de la ciencia histórica, la prehistoria es un término carente de real significancia en el sentido que fue entendido por generaciones. Si se considera a la Historia, tomando la definición de Marc Bloch, como el «acontecer humano en el tiempo», todo es Historia existiendo el ser humano, y la Prehistoria podría, forzadamente, solo entenderse como el estudio de la vida de los seres antes de la aparición del primer homínido en la tierra. Desde el punto de vista cronológico, sus límites están lejos de ser claros, pues ni la aparición del ser humano ni la invención de la escritura tienen lugar al mismo tiempo en todas las zonas del planeta.
Desde el punto de vista más tradicional, se considera que la Prehistoria es una especialidad científica que estudia, por medio de la excavación, los datos de este periodo de la Historia que ha precedido a la invención de la escritura y en el que los restos arqueológicos son nuestra principal fuente de información. El resto viene de disciplinas auxiliares como la etnografía, la Paleoantropología, física nuclear para efectuar dataciones absolutas, el análisis por espectrómetro de masas de componentes líticos, cerámicos o metálicos, la geomorfología, laedafología, la tafonomía, la trazalogía para las huellas de uso, la paleontología, la paleobotánica, la estadística no paramétrica, la topografía y el dibujo técnico, entre otras muchas ciencias y técnicas. De manera que hay un gran número de personas que consideran a la Prehistoria una especialidad dentro de la Historia, sólo que mucho más tecnificada y pluridisciplinaria.